Cuando tenía ocho años mi padre me preguntó si quería aprender a montar a caballo. Lo soltó tal cual, a bocajarro. Lo miré escéptica y le dije que no, estamos locos o qué, ¿caballos? ¡Son unos animales enormes!
Al año siguiente, después de haberme empapado una serie de dibujitos japoneses en los que una niña rubia se convertía en la amazona más famosa del mundo y ganaba todos los concursos conocidos con su flamante cuadrúpedo, decidí que yo también quería. Se me antojó la mar de glamuroso. Así que lo comenté en casa.
Me dijeron que sí, que sí. Como quieras. Pensaron que era un capricho. Una práctica más que añadir a la larga lista de actividades que ya había intentado sin resultado alguno: ballet (aún tengo el tutú rosa colgado en el armario), sevillanas, dibujo artístico...
La primera vez que me subí a uno de esos bichos los pies no me llegaban a los estribos, por muy cortos que estuvieran. Mi madre creía que iba a durar tres días. Que en cuanto el caballo se pusiera chulo y levantara tres veces la cabeza iba a bajarme llorando. Se equivocaba.
Nueve calendarios más tarde, empecé la universidad y tuve que dejar, por falta de tiempo, lo único en lo que me he considerado realmente buena a lo largo de toda mi vida. Si nunca fui buena, yo al menos me sentía capacitada para llegar a serlo. Cuando montaba daba igual qué pasara alrededor. Sólo estábamos el caballo y yo. El tiempo se detenía. Me sentía capaz de todo. Aunque también he llorado muchísimo, me he asustado y, por supuesto, me he caído. Hubo un (pequeño lapso de) tiempo en que incluso les cogí miedo. Un miedo pese al cual nunca remitió la imperiosa necesidad de seguir montando. Era como una droga. La sensación de entenderme con el caballo compensaba cualquier tropiezo. Ese momento en que el animal sabe que ha hecho su trabajo y busca el premio, el reconocimiento (un terrón de azúcar, una zanahoria, una caricia) no tiene precio. La adicción que me producían superaba cualquier duda, cualquier recelo. Cuando aterrizaba en el suelo después de planear por encima de la cabeza del caballo, algo indescriptible, superior a mi racionalidad, me impulsaba a subirme de nuevo, con dos lágrimas amenazando con sucumbir a la fuerza de la gravedad, pero me subía de nuevo, en silencio, sin rechistar, sin perder tiempo.
Recursos limitados. Mantener caballos y labrarse una carrera profesional con ellos es algo que sólo está al alcance de unos pocos. Y yo me tuve que conformar, durante esos años, con una o dos clases semanales. Insuficiente.
Sólo he tenido una cosa clara en mi vida. Es lo único en lo que no he dudado jamás. Lo único por lo que abandonaría mi corta carrera profesional sería por la utopía de convertirme en amazona, campeona olímpica. Pero hasta que no llegue a ser abogada corrupta y reúna el dinero suficiente, me tendré que conformar con soñarlo (aunque si por aquí se pasa y lee algún ganadero guapo, joven y soltero que no dude en hacérmelo saber).

Mi primer caballo será fuerte y noble. Alazán, a ser posible. Y se llamará Gominola.